lunes, 13 de junio de 2011

Se nos derramaron las palabras/ Re-encuentro.

Se nos destapó la intención una tarde de febrero entre risas y tertulia, y se articuló la complicidad como una especie de llave maestra que todo lo abre para dejar que fluya hasta el último pensamiento. Algo mágico hizo que el retorno fuera posible para desandar cada paso hasta el origen no buscado. Quizás fue la música de Janis Joplin la que me condujo de nuevo a él.
Sin capacidad de contención se nos derramaron las palabras, en un acto sin precedentes de provocación y a la vez de espontaneidad casi delirante. Y así surgió un mensaje tras otro formulados sin tregua, como si de otra respiración necesaria se tratara, y con esa nomenclatura especial que sólo la atracción por lo desconocido es capaz de transcribir.
La ausencia se tornó presencia conocida. La música dió lugar a las palabras. Y las palabras potenciaron la necesidad de la voz y del latido. Y así fue como empezó el diálogo, a veces en susurro, y otras libre como el viento, siempre con la cadencia del Deseo, sin imposiciones ni sogas, sin abismos en los que perderse. Con tiempo desde el que regresar hasta que no haya distancias, como si retomáramos cada vez una conversación de toda la vida en la que no éramos desconocidos ni ajenos el uno del otro, sino dos caminos, dos recorridos que se cruzan y se alejan inevitablemente desde siempre, para ser sólo uno y poder seguir siendo cada uno, uno mismo.
Y de la misma forma que se impuso la palabra, y la voz, y los latidos, se impuso la presencia vital y el abrazo, y se impuso el beso para poder reconciliarnos cada uno, y con nosotros.
Y ya siempre el mismo ritual de re-conocernos y brindar unas veces con vino y rosas, otras con cerveza y ron, no para olvidar, sino para recordar y poder seguir dándonos una canción y cada gesto de vital necesidad del otro como si la vida sólo fuera posible en ese lugar y a esa hora del re-encuentro.

© Mª Ángeles Sánchez Román, 13/6/11