sábado, 26 de mayo de 2012

De lo divino a lo humano hay un paso y un precipicio.

La nomenclatura de la vida a veces se nos hace informulable, o mejor dicho, la hacemos imposible, no nos basta con descifrarla para comprenderla y poder emplearla como el vehículo que nos comunica y que nos permite movernos libremente dentro de las coordenadas espacio-tiempo-abismo que ella nos impone, nos empeñamos en desmontarla rozando la húmeda osadía de reinventarla cuando en realidad lo único que estamos haciendo es hurgar como mucho para descomponerla sabiendo que nos van a faltar o sobrar piezas.
Con las personas empleamos la misma habilidad y delicadeza, el mismo tacto artesanal y preciso, el mismo método científico, la misma eficacia y eficiencia incluso teniendo la certeza de que esas piezas son especialmente delicadas e irremplazables. Y pedimos sin límite lo que no estamos dispuestos a dar, lo que no somos capaces ni siquiera de ofrecer, y mucho menos de regalar. Y decimos desbocados lo que jamás tenemos el valor de escuchar, y lo peor, somos incapaces de callarnos lo que deberíamos saber disculpar. Y hacemos sin pudor alguno lo que reprochamos. Y juzgamos como delito con todos los agravantes aquello que disculpamos en nosotros mismos con todos los atenuantes. Y condenamos como víctimas y a duras penas lo que deshonestamente nos disculpamos autoliberándonos como los verdugos que somos.
No nos damos cuenta que el verdadero tesoro no se deja buscar ni encontrar, nos sorprende desprevenidos, y es mejor esperarlo, invitarlo a salir, o a entrar, ser inteligentes para saberlo seducir y provocar, se trata de persuadir y no exigir, porque la coacción es el inhibidor más potente. La entrega como la posesión sólo pueden rozar la posibilidad de ser incondicionales cuando la libertad es lo infinita que somos capaces de hacerla. Somos todo coherencia. Co-herencia. Herencia Co. Somos lo que podemos, ni siquiera lo que somos capaces de ser, somos lo que nos dejamos ser, lo que nos permitimos, lo que no nos autocensuramos. Con esta generosidad sin límite que emana de nosotros, que nos re-corre, nos define, nos re-inventa y nos re-todo podemos ir tranquilos. Con esta confianza, que a veces es más con fianza material, previo peaje, que esa otra de valor incalculable, sabia y savia vital, tan necesaria y tan explícita porque en definitiva es la que marca el camino o el no camino, la prioridad o la opción, que nos transiten y transitemos, sólo como "pasajeros de tránsito" solos, o que ese otro interior y el nuestro, deseosos de ser visitados con la esperanza de ser habitados, -no invadidos, mejor, conquistados por esa atracción admirable y/o esa admiración atractiva- sean el confortable y deseado huésped o anfitrión.

© Marian MASR, 26/5/12