lunes, 9 de mayo de 2011

Janis Joplin, un soul eterno para la Dama Blanca del blues.

La vida no espera a nadie, pero Janis no esperó a la vida, se bajó de ella en marcha, de una vida a toda velocidad, sin querer pero sin dudar y de un salto lento a un vacío irreversible. Se bajó despacio en su última estación, en la parada más inesperada y en uno de sus constantes intentos de inspirarse hasta el límite de la alucinación creyendo que así podía superarse a sí misma con su música. Quizás ese fue el trayecto más intenso, más rápido y el más corto de todos los que recorrió. Porque vivió sus días siempre al filo del precipicio, como si su estómago necesitara sentir el vértigo, para después entrar en un estado de calma que hacía posible cada letra. Su necesidad vital de crear, de expresar su manera de sentir, de percibir la vida y de transformar lo que esta le inspiraba le invitó a volar una y otra vez emprendiendo viajes psicodélicos de los que regresaba exhausta y dejando como huella letras imborrables y su voz prodigiosa.

La vida la consideraba como un inmenso escenario de colores donde todos podían estar, sin odios raciales, porque entendía que las diferencias significan diversidad y riqueza y no limitaciones y privación de libertades y recursos. Su lucha incesante contra el racismo y por la defensa de los derechos de los negros la acercó a ellos y a su música, y la Dama blanca demostró su talento innato para hacer el mejor blues y el soul más genuino. Cada letra es una sacudida, y es parte de su esencia, porque es un trozo de ella entregada sin reservas en cada canción como si fuera la última. Su gesto de absoluto delirio sintiendo cada acorde era un latido desgarrador que a nadie deja indiferente. Su voz seduce a todos los sentidos, en un ritual de trance, y los acaricia y los prepara para que la reciban rendidos a ella en un acto lascivo y sagrado al mismo tiempo.

Sentía cada letra y la vida se le fue en ello, porque en realidad, cada canción era una vida vivida sin tregua, y al mismo tiempo el aire vital que le permitía seguir adelante, aunque cada paso la condujera a su propio abismo. Su entrega fue tan incondicional como su dedicación, y cada letra era su muerte y otra resurrección, cada vez más intensas pero también más limitadas, y más inciertas porque en cada desintegración su alma se hacía infinita, pero su cuerpo formaba más parte de la eternidad y menos de la realidad, y se hacía volátil y casi imperceptible. Su energía, su poder, su capacidad de atracción y de seducción y su fuerza en el escenario hicieron a Janis Joplin eterna y capaz de agitarnos y erizarnos cada centímetro de piel, de volvernos del revés y estremecernos de placer mientras somos poseídos por ella. Su piel clara y aterciopelada, su sonrisa perenne, su cuerpo desnudo y su gesto eran limpios y guardaban el tesoro más valioso y que nos entregó en cuerpo y alma, su Voz. Un soul eterno para la Dama del blues.

© Marian MASR, 9/7/10

http://www.youtube.com/watch?v=FwHsLXAhJ9A
http://youtu.be/bILQoikzFZo

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